Gestionando la carga de trabajo - Medtronic Hypoheroes

MI SUPERPODER COMO HYPOHEROE 
SON LOS MALABARISMOS

Helen Ball, diabetes tipo I

Me desperté una mañana (especialmente adormilada porque había tenido una hipoglucemia por la
noche) y me encontré una desagradable carta en el felpudo de la puerta, en la que se me informaba que me iban a multar si no renovaba el registro para obtener la medicación de la diabetes. Aunque la diabetes no tiene cura, en mi país cada 10 años hay que volver a registrarse para obtener las recetas. En teoría, basta con enviar un informe del médico, pero hacía poco que me había mudado y aún no me había dado de alta en el centro de salud en la zona. Había ido retrasando el traslado porque ahora vivía más lejos de mi lugar de trabajo y fuera del área territorial de mi centro de salud. Me venía bien aprovechar las horas de la comida o la salida del trabajo para ir a la consulta y, a decir verdad, me gustaba el equipo médico que me llevaba y no me hacía ninguna ilusión tener que conocer a otro nuevo. Aquella mañana, la carta me sentó como una patada en el estómago. Me obligaba a buscar un médico en mi zona, inmediatamente. La verdad es que no era nada del otro mundo, pero de pronto rompí a llorar y me desplomé en mitad del pasillo, como si fuera una niña pequeña en lugar de una mujer de 30 años, y tuve que llamar a mi madre para que me consolara. Ella me ayudó a recomponerme y me dijo que lo solucionara (justo lo que necesitaba oír), así que llamé al trabajo y dije que llegaría un poco más tarde. Pasé media mañana de médico en médico, viendo con cuál era más fácil darme de alta, cuál admitía nuevos pacientes y cuál pasaba consulta en un horario que encajara con el de mi trabajo. Lo arreglé todo en un par de horas, pero el sobresalto y el arrebato emocional me dejaron agotada.

jugglerCuando llegué al trabajo, les expliqué a mis compañeros lo que me había pasado, y se rieron de mi exagerada reacción. Tengo la suerte de trabajar en el sector médico, por lo que algunos compañeros me entienden bastante bien, pero no comprendían semejante reacción. Entonces vi en un rincón una bolsa llena de bolas de plástico, que habían sobrado de un taller que habíamos organizado unas semanas antes. Decidí cogerlas y preguntar a mis compañeros si querían jugar al atrapabolas, que consiste en atrapar tantas bolas como sea posible sin que se caiga ninguna. Gana quien consigue sostener más bolas. Empecé a lanzarles bolas. A medida que las disparaba, les iba poniendo nombre: preparar la cena, terminar el informe del jefe, reservar las vacaciones, llevar el coche al taller, limpiar el baño, reunirme con los amigos, enviar una tarjeta de cumpleaños… una lista de quehaceres habituales. Luego empecé a añadir las tareas relacionadas con la diabetes: medir la glucosa en sangre, inyectar la insulina, contar los carbohidratos, reservar una consulta con el médico, reservar cita en el hospital, pedir hora al oculista, encargar las recetas de la insulina, ir a recoger las recetas, darme cuenta de que se me han olvidado las tiras reactivas y encargar otra receta, ir a recoger la nueva receta, ir a la farmacia a comprar el tratamiento, anotar/descargar las lecturas de la glucosa, analizar las lecturas de la glucosa, ajustar la dosis… la lista era aún más larga.

Por supuesto, nadie pudo sostener todas las bolas y, uno tras otro, fueron dejándolas caer al suelo. Entonces les dije: “¿Lo veis? Esto es lo que me ha pasado esta mañana, ¡se me han caído las bolas!”.

Las únicas veces en las que no controlo las emociones relativas a la diabetes es cuando llegan sorpresas, como esa carta. Puede ser una carta inesperada, quedarme de forma accidental sin tratamiento, agotar la batería del medidor de glucosa o la más frecuente de todas… ¡una hipoglucemia! Es como si alguien me diera con una bola de ping pong en mitad de la nariz y se me cayera todo lo demás… A veces yo incluida. Creo que lo más frustrante es que en esas ocasiones es cuando la diabetes logra realmente inmiscuirse en mis planes e impedirme que siga con mis actividades normales. Pero de todo se sale, ¡aunque a veces haga falta la ayuda de mamá! A todos se nos caen una bola o dos por el camino, pero lo importante es saber que se pueden recoger, y que un par de manos adicionales nos pueden ayudar a sobrellevar la carga.